Las grietas que provocaba el frío en sus senos resultaban menos comunes que las se dibujaban al morderle los pezones
ante su extraña petición de hacerlo con un excedente de fuerza. Ya los había mordido dormido, resultó ser un reflejo o una absurda regresión desde que nació la bebé. Era tanto el cansancio que provocaba el preparar tres biberones durante la madrugada que dejó de imaginar la firmeza de su interior, o al menos eso pensó pues al tomar un tomate del supermercado recordó la curvatura
encajando perfectamente en su
palma. Por mero reflejo lo apretó para saber si estaba maduro, y lo estaba, de igual forma su increíble estupidez por olfatearle la espalda demostraba esa necedad que se adquiere con la madurez aunque también es de necios pensar que se es maduro por el simple hecho de aguantar el frío al medio día con solo una tasa de café. Ella nunca soltó el celular. Él recorre cada miércoles el supermercado buscando un redondel al cuál respirarle detrás de la oreja mientras le recuerda lo
afortunado que es de tener con quién conspirar contra el mundo, o al menos así se sentía. De todas formas la espera siempre desespera y la paciencia está hecha para no compartirse.