Y me vi ahí, en el centro caminando hacia la maldita librería. Sería una verdadero milagro encontrarla abierta en un día feriado. El frío caminaba siempre adelante de mi, los lentes me sudaban. Llovía, era sudor y lluvia. Estaba cerrado. Caminé dos cuadras, le di la vuelta al palacio municipal intentando esta vez encontrar el balcón donde Shelda me dijo que vivía. De nuevo no lo encontré. Me metí al primer café que encontré. Que bueno que en el Quick Lonch no venden café.
Lechero como siempre. ¿Adivina quién estaba sentada en la mesa de junto? Así es, por increíble que parezca era Adriana. Como te odie en ese momento. Me saludo con tremenda sonrisa. Accedí a sentarme con ella. Las dos horas que charlamos pueden resumirse en un ir y venir de historias sin argumento y en un par de búsquedas. La primera, en un billar. La segunda, la interesante, 3 o 4 cuadras abajo. Le insistí en que existía un túnel que cruzaba de Super Ahorros hasta el otro lado de la calle. Fuimos hasta el super, pero maldita la hora. Cerrado. Nunca terminó de creerme. Y por si quieres preguntar, no, no llevaba su sudadera rosa que tanto amas.
Mientras le contaba algo, noté que sus ojos guardaban silencio. No le tengo miedo al silencio, pero si a no saber qué decir. Lo noté todo el tiempo, tú sabes cómo soy mula, la reté todo el tiempo. Me miraba, callaba, bajaba la mirada, sonreía, dibujaba, fue al baño, sonreía, me miraba, bajaba la mirada, cantaba un poco, respondía, me contaba. Me miraba. La extraña iluminación del lugar nunca pudo revelarme el porqué tanta insistencia en verme. Fue extraño ¿sabes? No me sentí incómodo. Había algo más en el contorno de sus ojos, había algo más dentro de ese profundo café.
El viaje de regreso fue más corto que el de ida, aunque hice le mismo tiempo. No pude evitar bailar en mi asiento. Me parece que Adriana me dijo mucho más cuando callaba que cuando intento pedirme perdón por morderme cuando me besó por última vez.
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