Estoy parado frente la ballena, tengo miedo y no puedo moverme. Hace falta ver la boca abriéndose para entender que solo ante el riesgo de perder la vida se valora a esta misma.
Solo cuando se está en la antesala de la muerte se adquiere la noción de las cosas que se han estado haciendo mal. Solo cuando se pierde a alguien se valora realmente su amistad.
Uno es necio y constantemente estira sus actos para ver hasta dónde se puede llegar. Ahora veo que cuando se traspasan valores que el propio universo estableció se juega con la misma alma. Quizá pienses que no me importas, pero ante la imposibilidad absorber el mal que uno mismo genera solo queda la desdicha del silencio, ese silencio que solo puede traer la soledad previa a la muerte.
La soledad del moribundo, de quien se aparta porque sabe que debe pagar sus pecados, ese mismo que debe enfrentarse al rechazo de las personas a quienes les ha hecho daño.
Nada de lo que diga hará que te sientas mejor, ni siquiera decirte que he quedado tocado por la muerte. Lo siento, de nada sirve ahora, ojalá el mundo caiga en algo mejor para ti porque yo no lo soy. Ese es el karma que pagaré. Lo siento más de lo que supe decirte alguna vez.
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